Postales desde Praga

Mi plaza Wenceslao

Un tour histórico que condensa todo el dramatismo del último siglo, desde un caballo.

Desconozco lo que cuentan de la plaza Wenceslao las guías turísticas, ya sean éstas de papel o vivas, pero yo les contaré mis recuerdos.

En primer lugar hay que decir que no es una plaza, sino más bien una ancha y larga calle que sube. En los tiempos pasados allí estaba el Mercado de Caballos. También hoy podemos encontrar uno, es de piedra y en su grupa lleva a San Wenceslao, el patrón de Bohemia, que desde lo alto y a sus pies observa el alboroto. Después de haber visto todo lo posible y lo imposible, desde el año 1912, pienso que ya nada le sorprende. La plaza se extiende en el mismo centro de Praga, metrópoli y región por la que la historia no camina, sino que corre a todo tren. Y es que el corcel y su jinete han visto en cinco ocasiones cómo la gente arrancaba los viejos rótulos y colocaba otros nuevos. Primero los checos liquidaron el Imperio Austro-Húngaro, luego los nazis destrozaron Checoslovaquia, posterior- mente los comunistas locales acabaron con los demócratas locales; más tarde, los propios checos quitaron todas las inscripciones checas para impedir que los soldados del Pacto de Varsovia pudieran orientarse, y finalmente los demócratas mandaron al diablo a los comunistas.

Yo me topé con la historia en agosto de 1968, cuando las orugas de los tanques soviéticos rechinaban al machacar los adoquines abollados del pavimento. Y después de haber destrozado a tiros la portada del Museo Nacional, el edificio en lo más alto de la plaza que mira la espalda de San Wenceslao, los tanquistas y sus monstruos de hierro con la estrella roja estacionaron y ensayaron cara de pocos amigos. A su alrededor transitaba lentamente la muchedumbre; unos lloraban, otros amenazaban, otros caían en la desolación. Las esperanzas de vivir mejor, aún detrás de la “cortina de hierro”, se habían ido al traste. Alguien escribió en la fachada de nuestra casa: “Lenin, despierta, Brezhnev se ha vuelto loco”… Los chicos y las chicas de mi edad corríamos de un tanque a otro intentando explicar a los soldaditos desaseados que todo era un terrible error, y que se marcharan. Yo tenía dieciocho años y a esa edad la ingenuidad se perdona. Pero unos días más tarde, cuando mi madre descubrió que estaba dando vueltas entre los tanques con impresos clandestinos, me encerró en casa y se acabó el cuento.

Unos meses más tarde yo estaba de pie en medio de una muchedumbre: a pocos metros de distancia del monumento se había inmolado Jan Palach, en protesta contra la situación política del país. Él era estudiante de la  misma universidad que yo… Entonces el silencio era gélido, aunque no helaba.

Pero hace justo veinte años, a mediados de noviembre de 1989, Praga estaba congelada, a tal punto que yo llevaba un gorro de lana calado hasta la nariz y un abrigo de duvet y, a pesar de todo, tiritaba de frío. Sin embargo, el alma sentía calor: desde el balcón de uno de los palacios hablaban, e incluso cantaban, los personajes cuyos nombres sólo susurrábamos durante tantos años: por ejemplo el de Václav Havel. Hacíamos sonar las llaves alegremente en señal de despedida del odiado régimen anterior. Aunque en la plaza no quedaba un solo centímetro de espacio, en el momento en que alguien pedía, desde el balcón, que se hiciera paso a una ambulancia, la multitud se abría. ¡Un auténtico milagro! Un día más tarde comprendí que —a pesar del frío y de las protestas de la abuela— debía llevar a la manifestación por la libertad, a mi hija de nueve años para que ella un día pudiera decir a sus hijos: “Yo también estuve allí”. Me llevé un termo lleno de té con limón bien caliente para que no se resfriara.

Hace poco decían en la tele que el New York Times había escrito que la plaza Wenceslao era un lugar sucio en el que se ofrecían drogas y sexo.

No es necesario ser un periodista investigativo para hacer este descubrimiento: basta con pasear allí por las noches. Al pie de la cola del caballo, en el lugar donde generaciones enteras de chicos y chicas se citaban amorosamente, hay “camellos” balcánicos y árabes vendiendo toda clase de basura. En las aceras unos nigerianos de buena estatura arrastran a los transeúntes, por regla general, a turistas y sobre todo a grupos de británicos borrachos, a los bares cercanos donde imperan muchachas rusas o ucranianas de larguísimas piernas y cortísimas faldas.

¡Bienvenidos a la Unión Europea!

Hace tiempo que la fachada del Museo está reparada, el balcón ahora vacío no se diferencia de los demás y el monumento de San Wenceslao ya no está cercado por una pesada cadena de hierro.

Pero MI plaza Wenceslao es distinta, ¿lo entienden?

Días más tarde mi madre me descubrió entre los tanques con impresos clandestinos, y se acabó el cuento.

 

Por Renata Cervenkova

* Cedido gentilmente por www.rdselecciones.com

Praga en Google Maps

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